Ricky Riquín Canallín

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Perseo en el mágico mundo de la posverdad

La teatralidad y el engaño son poderosos aliados

 Henri Ducard

Vivimos en un mundo agitado, adicto al vértigo, al espectáculo, el drama y lo inmediato. Cada día estamos expuestos a más de tres mil impactos publicitarios. Otros tres mil estímulos nos llegan a través de las diferentes pantallas a las que estamos conectados de manera permanente: WhatsApp, Facebook, Youtube, Netflix, Twitter, Pinterest, Instagram, correo electrónico, portales de noticias y entretenimiento. La mezcla entre la vida agitada y el bombardeo constante hace lógico que nuestros padecimientos de salud estén relacionados con el estrés, la pandemia del siglo XXI que está consumiendo la vida del humano occidental promedio a edades cada vez más tempranas.

Este escenario dificulta como nunca antes atraer la atención de una persona para entregarle un mensaje, asegurarnos de que lo asimile, se comprometa y actúe. No importa si vendemos un producto, una idea, causa o noticia; cada vez tenemos que ser más impactantes, ruidosos, invasivos, espectaculares y breves. Los códigos de comunicación se han modificado para maquillar la realidad y volverla más atractiva; le colocamos reflectores y sonido envolvente. Ya no importa su veracidad, importa que luzca sexy. Somos adictos al escándalo, al grado que la realidad cruda nos decepciona. Aceptamos y actuamos bajo la lógica de “lo que no vende no sirve” y la verdad no vende, necesitamos acción, adrenalina.

Como lo advertía Sartori, nuestros procesos de abstracción han ido disminuyendo en la vida cotidiana. Nuestros actos están cada vez más definidos por la emoción que por el pensamiento. Dos emociones en particular se han adueñado de la psiquis colectiva: el miedo y el deseo. Aquellos capaces de despertar nuestros miedos o reafirmar lo que queremos creer tendrán sin duda nuestra atención. El uso irresponsable de este conocimiento está llevando a las sociedades contemporáneas al absurdo. Los observadores de los fenómenos sociales seguimos tratando de explicar el triunfo del Brexit en la Gran Bretaña, del No en Colombia, de Trump en Estados Unidos, del PRI en Coahuila y el Estado de México; y nos estamos volviendo redundantes al relacionar al fenómeno de la posverdad como explicación de todo. La posverdad, definida como lo ‘relativo a las circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos a la hora de modelar la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal’, es el síntoma que anuncia que nuestros sistemas colapsaron y nuestras sociedades están eligiendo deliberadamente creer mentiras mejor aderezadas que verdades sin emoción. Así, la capacidad de producir una mentira lo suficientemente deseable se está volviendo el reto del mercado. En el mundo posfactual la búsqueda de la verdad no es compleja, es inútil.

Durante los meses de abril a junio próximos los mexicanos seremos bombardeados por los mensajes de más de 16 mil campañas electorales a la presidencia, gobiernos de estatales, municipales, legislaturas federal y locales; en las que los políticos y sus asesores enfrentarán una decisión fundamental para la sobrevivencia de nuestra democracia: caer en la tentación de lanzar una propuesta vacía que pretenda ser espectacular o asumir el reto de conectar con la audiencia a través del elemento más disruptivo en tiempos posfactuales: la verdad, asumida como la aceptación de la crisis del sistema político-social mexicano y la propuesta de soluciones a las problemáticas más urgentes, acompañadas de los cómos y los cuándos, en complicidad con la sociedad civil representada en organismos de control y acción ciudadana. Confrontar nuestra plástica y falaz realidad con la verdad puede considerarse un juego siniestro de espejos, como aquel que Perseo jugara con la Medusa, pero es un ejercicio necesario, en el que políticos y sociedad podremos vernos reflejados tal cual somos y, de verdad, tomar cartas en el asunto.